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Homilía domingo 15 de noviembre

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Homilía: Parábola de los talentos 

«El foco de la parábola no está en cuantos talentos tiene cada cual sino en desplegar la vida. En la disposición a salir de sí mismo para mirar al prójimo, a no preguntarme tanto quién soy sino más bien para quién soy.». Ver texto completo

 15 de noviembre 2020

Homilía Parábola de los talentos 

Hace unas semanas atrás, mientras desarrollábamos una actividad en línea, recuerdo que uno de los organizadores les daba cariñosamente las gracias a los alumnos participantes por su presencia en las pantallas del computador.  De hecho, muy pocos mostraban sus rostros.  Su presencia había que adivinarla con cámaras y micrófonos apagados. Algo me sonaba extraño. No estaba tan seguro de lo que era.  Entonces tomé la palabra y dije: “¡Muchachos, estoy muy de acuerdo con los agradecimientos expresados por su participación, pero quisiera recordarles también que con su deber no más están cumpliendo!”.

A veces me pregunto si no será que pertenezco a una generación antigua. Estoy más próximo a la edad de los abuelos de los alumnos pequeños que a la de sus padres. Tal vez la cultura ha cambiado. Mi generación se crió bastante cargada hacia los deberes. La siguiente se crió –creo-, más cargada a los derechos.  ¿Cuál es el justo equilibrio? Mientras reflexionaba sobre estas cosas, el martes de esta semana, se leyó Lucas 17 en misa: «Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, digan: Somos simplemente servidores, no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber».

Tal vez la clave de interpretación no es tanto la dicotomía entre derechos o deberes, que de facto no son antagónicos sino complementarios. No va por ahí el Evangelio de Jesús.  Me parece que se trata más bien de la centralidad del servicio, de la disposición a salir de sí mismo para mirar al prójimo, a no preguntarme tanto «quién soy» sino más bien «para quién soy». Se trata de experimentar la vida como misión, hombres y mujeres enviados en una misión de justicia, de paz, de amor solidario. A no guardar la vida sobreprotectoramente, sino a darla y gastarla amando sin temor.

La parábola de los talentos me la refregaron hasta el cansancio en mi etapa escolar. Nada parecía suficiente. Parecía como si mis compañeros de curso y yo mismo fuéramos una inagotable fuente de talentos nunca del todo bien desplegados.  Siempre se podía más.  Más encima se mezclaba con el famoso “magis” de San Ignacio que, usado a nivel escolar, se transforma en una especie de inacabable batalla por mejorar el rendimiento. Una especie de “deber ser” muy muy lejano de la gratuidad misericordiosa y vocacional del evangelio.

El foco de la parábola no está en cuantos talentos tiene cada cual. No hay nada competitivo aquí. El foco está en desplegar la vida. Florecer. Vivir menos centrado en uno mismo y vivir más mirando a los demás. Gozar la vida. Hacerla fructificar. ¡Qué triste vivir escondido y paralizado por el temor! Estos días que un grupo grande de jóvenes han recibido el sacramento de la confirmación les decía precisamente esto: lo que más quiere Dios, lo que más alegra Su corazón, es que cada cual se despliegue, florezca, multiplique sus talentos gozosa y agradecidamente.

Los talentos, los dones del Espíritu Santo, las bendiciones y gracias recibidas en tu vida son todo lo contrario a un objeto material de mucho valor. ¿No se han fijado que cuánto más caro y valioso un objeto más escondido y protegido y guardado se lo tiene?  Pues los talentos se verifican en el sentido totalmente opuesto: cuanto más expuestos y abiertos y al servicio de los otros están, son más verdaderos y te hacen más pleno.

Terminando esta homilía me encontré con una entrevista reciente al gran tenista Roger Federer.  Esto leí que decía: “Hay algo en lo que creo firmemente y es en no desaprovechar tu talento. Si das tu máximo, al menos no tendrás arrepentimientos y si miras atrás, podrás sentirte orgulloso de lo que has conseguido”.  Desplegarnos nos hace felices. Darnos nos plenifica.  Entregarnos nos engrandece. Florecer nos transfigura. Desplegar los talentos nos conecta con la propia profunda vocación.

Así sea.

Pablo Castro Fones, sj.
Capellán Colegio San Ignacio  El Bosque